Lluvia de invierno

 

Hoy amaneció lloviendo. Detrás del visillo las gotas de agua resbalan por el vidrio y dejan un caminito luminoso, como un hilito de hielo fundido. El trueno rezongó toda la noche y de vez en cuando un relámpago verde alumbró el rincón de la pieza y el cojín de Copito que dormía apelotonado cual un ovillo.

Lo que más me gusta cuando hay truenos y relámpagos es que mi mami me deja que duerma con ella. Y después, cuando me despierto por la mañana ella ya se ha levantado y en la almohada se le ha olvidado el perfume de violetas que lleva siempre en el pelo. Entonces me refriego la nariz en la funda hasta que se me pone colorada y el rico aroma de mi mami me recorre de los pies a la cabeza. Cuando sea grande me gustaría oler como ella y también me gustaría tener el color de sus cabellos y su piel suavecita. Mi mami es muy hermosa, tiene fragancias de violetas y es por eso que éstas también me gustan tanto, porque huelen a mami.

Copito es mi gatito regalón. Lo llamé así porque es todo blanco, color de nieve pura. Debe haber nacido en la cumbre del Aconcagua, porque es allí donde hay más nieve, y de esa nieve que no funde nunca. Entonces, estoy segura que Copito brotó allí como una flor, para que los cóndores no lo pudieran ver de lejos. Cuando estoy en la escuela y me acuerdo de él, me siento contenta pensando que cuando suene la campana lo encontraré apelotonado en su cojín, que me mirará con sus ojos verdes y cuando lo acaricie no se derretirá  como un copo de nieve de verdad, sino que encorvará el espinazo y dejará que sople en su naricita rosada.

Menos mal que aquí vivimos lejos del desierto.

Mi tío me contó que allá en el norte no llueve nunca, o que es tan raro que eso suceda que cuando cae un poco de agua es porque una nube aturdida se equivocó de camino. Entonces, cuando las gotas llegan hasta el suelo, la tierra adormecida por el calor, de pura sorpresa se abre y brotan millones de plantitas. Los animalejos y los insectos crecen tan rápido con un poco de agua, que pienso que es mejor que allá llueva poco, si no todos los animales del desierto serían más grandes que nosotros. Y no alcanzo a imaginar cómo sería una hormiga gigante, un escarabajo ogro o una araña peluda y grandota como un monstruo.

Sí, yo prefiero que sea mejor que tengamos lluvia de invierno que resbale por los tejados e inunde las calles del cerro. Así yo puedo dormir con mi mami, olerle el cabello y acariciar a Copito.

Sacado del libro de cuentos "Las crónicas de Nina"  ©Diomenia Carvajal. Chile.

 

leer el cuento seleccionado

Enviar un manuscrito