LAS LETRAS DEL AMOR.

Las cartas de amor son como  muñecas rusas. Coloridas, turgentes, e insospechadas. Si las desvistes, te topas con sorpresas de rigor inolvidable. Aludo a las muñecas, porque la primera esquela de amor, la recibí de uno que tenía seis años, cuando yo apenas tenía cinco. No eran épocas de criaturas índigas, ni se había descubierto la televisión. La computadora, un ensueño para dementes. Por lo tanto, ninguno de los dos sabía leer, y mucho menos escribir. Las hermanas adolescentes del apodado Chulo, gestaron la broma, ignorantes de la  severidad monacal de mi madre, y del tamaño de mi inocencia.

Todas las siestas, los chiquilines del barrio nos juntábamos en la placita que rodeaba nuestras casas. Los jacarandáes de flores  azules tejían una alfombra sobre el pedregullo. La crueldad de las aristas de esas piedras, sangraron muchas veces mis rodillas, puro hueso. No nos importaban ni los solazos de fuego, ni el estrepitoso anuncio de mayor calor de las chicharras en los árboles. A esa bendita hora de la siesta, sin mayores adormilados a la vista, éramos libres. Dueños absolutos de un territorio personal. Uli, mi vecino, era el primero en aparecer. Al rato, Teresita se escabullía por un portoncito entre las plantas. Mi hermana buena, abría con sigilo la puerta, por la que yo escapaba con los zapatos en la mano, en un zaguán en sombras. Las horas volaban, entre corridas, juegos y cuentos de madrastras horrorosas que asaban a sus hijastros en el horno. La infaltable presencia de los aparecidos, causaban  mis micciones en la cama, y los tirones de pelo de mi hermana mala, que compartía el cuarto conmigo. Una de esas siestas, el suceso: Con aire misterioso, mi amigo  Chulo colocó  entre mis dedos un papelito a cuadros, arrugado. Salió como disparado por un cohete, exhibiendo los huecos sin dientes de la boca, haciéndose el simpático, y agitando la mano.

Mi hermana buena estaba parada en la puerta. Me llamó con un grito: !A tomar la leche!. Entró, segura de mi  obediente regreso.

Mamá tomaba mate, sentada delante de la máquina de coser. Ella era modista. Al pasar hacia la cocina, le entregué el papelito aquél, y seguí camino. No había atacado la merienda cuando empezó el alboroto. Mi hermana reía a las carcajadas. Pero a mamá... Le colgaban los lentes de la punta de la nariz. La mirada, entre furibunda y sorprendida. Inolvidable. Parecía no reconocerme. Su pequeña, descubierta en un desliz  sin posibilidad de redención, abandonada por mi angelito guardián. ¡Una carta de amor, antes de aprender la o por ser redonda!

Mientras mis amigos se disfrazaban en los fondos de la casa de Teresita, con las boas, los trajes de época, las pelucas y los tacones de brillo, elegidos de los baúles que la madre trajo consigo de España, de sus tiempos de actriz, yo permanecí acuclillada un eterno mes, frotando con kerosén las patas de hierro bellamente forjadas de la máquina de coser de mi progenitora. Rezábamos a dúo a Santa Teresita, para que hiciera de esta díscola flacuchenta, una niña merecedora de un cielo- que de seguir por ese mal camino- me quedaba lejos. Madre querida, seguro sabes cuánto extraño tu saludable fe y tu escaso sentido del humor. La carta aquélla decía:”Tiky: Cuando sea grande me caso con vos. Chulo”.

  SEGUNDA CARTA.

Como sombras consecuentes, los cuarenta años rondan  alrededor. Se hacen presente en mis canas prematuras, o en la sonrisa, que se  agria al menor desperfecto de esta carcaza molesta llamada cuerpo. Según se lee en mi documento de identidad, mi estado civil resulta aterrador: Viuda. No menciona, por suerte, en la tramposa letra chica: ¡Atención! Viuda joven, pero con seis hijos. Entre pequeños y adolescentes, a cargo. Solamente otra mujer, con parecida mochila, puede alcanzar a comprender la batalla  cotidiana que significa sobrevivir a una situación de esta naturaleza. (Camino rudo, si se siguen  mandatos morales y espirituales, que tuve la oportunidad de incorporar en mi remota infancia).

Dirigir un colegio con eficiencia, sin apartar, simultáneamente la vista del hogar, puede inducirnos a creer que somos imprescindibles y meritorias. Mis hijos me habían colocado en un pedestal –destinado a madres nutricias con roles definidos -, y me enteré que pensaban que era linda, generosa  e inteligente. En realidad, a esas alturas, muchas veces dudé de mis aciertos, o los atribuí al incógnito destino. Hoy por hoy, estoy  segura de haber errado en forma y fondo,  tantas veces, como lágrimas me quedan a enjugar.

A ningún especializado en el hombre y sus circunstancias, se le ocurrió- hasta ahora- escribir un manual para madres solitarias caminando sobre bordes peligrosos que miran al vacío. Al que lo haga, le reservo un lugarcito en mi corazón, desde ahora.

El colegio era importante. En un rincón del patio, una señora, madre de dos alumnos, regenteaba un despachito de venta de golosinas, aguas para la sed y alguno que otro mapa o útil olvidado en la casa. Mi trabajo era arduo. Pocas eran mis apariciones para charlar un rato con las maestras, durante los recreos.

Una mañana, al entrar a la Dirección, me sorprendió un costoso ramo de rosas rojas, dentro de un florero desconocido. Debajo, un sobre que me iba dirigido. Cuando crecemos en edad, parecen desarrollarse, en nuestro interior, capacidades de difícil definición. Este alerta  brotaba del centro de mi frente. (Para los que creen en el tercer ojo ). Di vuelta el sobre, indecisa. En el tercer renglón, los nervios me hicieron  buscar el resguardo de la silla que tenía  detrás.     

El sabor amargo que empezó en alguna región de mis vísceras, se desparramó en mi garganta, como una víbora de fuego. No era una carta de amor. Era el aullido doloroso de una mujer, maltratada por los hombres de su vida, que intentaba hacerme depositaria de sus deseos, de su pasión, sin atinar que lo hacía en el regazo equivocado. La fiebre que quema las páginas, me ruboriza. Me desnuda, y el ardor se pegotea a mi piel. Esa noche, me examino la cara en el espejo. ¿Qué pudo haber visto en mí, esta pobre mujer? ¿De qué fondo oscuro, de que pasado en tinieblas procede su confusión?

La cito a la Dirección, y acude. Permanece con los brazos cruzados. Detiene la vista en los libros de la biblioteca, en la ventana. Me elude. Parece no escuchar mis palabras. Le recomiendo mi amigo psiquiatra, que no le cobrará ningún centavo el tratamiento, por mas largo que resulte. Quiero conmoverla con los hijitos. El marido, denunciado a la policía después de la última golpiza, está preso. Los chicos la tienen solamente a ella. Por fin detiene la recorrida por muebles y estanterías, y me mira. Larga, detenidamente. Parece que quiere estampar mi figura en algún recoveco, en alguna grieta, para sacarla a relucir cuando le plazca. ¡Que punzante el dolor de esos ojos en la despedida! Veinte años pasaron desde este suceso. Recientemente, me enteré de su muerte. No me explico  porqué, pero aquella mirada, reaparece en alguna noche que padezco insomnio. Ella no está. Me persigue el mensaje.

TERCERA CARTA.

Otro tiempo. Otra vida. Mis hijos están casados. De repente, soy abuela de una multitud. Todavía no descubro en qué momento, fui  destituida de la categoría de MADRE IDEAL. Sigo sobre el pedestal. Hoy me apuntan con armas pesadas, con mira telescópica. Dispuestos a disparar. (Corro a colocarme el casco y  ropaje antibalas).

   Hablan de la globalización. Del avión que aguarda para viajar a ese remoto país donde estampan firmas que los harán tan ricos y poderosos como Creso. De las casas de verano en playas concurridas por gente joven, bella y poderosa. Vale únicamente lo que los aturde o anestesia. Calo mis lentes, intentando reconocerlos.  Antes, nos separaba un escalón. Para redescubrirlos, uso mi linterna galáctica, que lo perfora todo. Entreveo sus sombras. Si me pongo a gritar, me internan, como loca.

Cumplí setenta y la conservo. La sintió para mí, el que pudo haber sido mi último hombre. El mago que me regaló siete años de plenitud. Los que repaso mirando el anochecer, una y otra vez. Letras ajadas que repasan un tiempo real. Dicen así: 

¨ Querida: lunes después de aquél viernes.

Estuve en la fábrica aquélla. Intenté concentrarme en el trabajo. La mano se corría sola hasta la cara. Trataba de encontrar tu perfume, el de tu fabuloso sexo. ¿Cómo podría adivinar que bajo el aspecto de señora reposada- casi burguesa- escondías tanto fuego? Tu cara, transformada por la pasión. Tu piel, delicada. Joven.

He recorrido tus bosques y besé tus valles. Sucumbí en el glaciar helado de tu hueco. !Qué manera magistral de hacer el amor! Nunca antes nadie me recibió así. Nunca he tenido estos sentimientos. ¿Cómo pude esperar tantos años para encontrarte? ¿Y qué haré, después de ahora?

                                       Te besa tu Alex.

La Autora