
Habían nacido
en una canaleta oxidada. Su madre era una gata sin ley, con costumbres algo
pendencieras. Su padre… Bueno, del padre poco se sabe, sólo presunciones.
El día del
nacimiento, la Gata a duras penas llegó hasta el tejado, bamboleando la panza
y con los cuartos traseros medio desarticulados. Buscó un lugar seguro,
oculto de las miradas de los curiosos y de los mal intencionados. Se puso en
posición de parir, echó las orejas hacia atrás y colocó todos sus sentidos
en echar al mundo a esas crías, que tal vez serían su última camada: ya
estaba vieja y sin fuerzas, e intuía, felinamente, que su ciclo de vida
llegaba a su fin.
Fueron tres,
tres nada agraciadas criaturas; claro que no hay que olvidar que los gatitos
nacen desprovistos de pelo y con los ojos cerrados, y a la vista de cualquiera,
menos a la de su madre, podrían confundirse con ratones, conejos o cualquier
otro animalito. Pasado un tiempo, los tres se convirtieron en unas preciosas
bolitas peludas, graciosas y juguetonas.
Eran dos
chicas y un chico. Las dos hembritas poseían la belleza que algún día su
madre tuvo: bellos ojos azules, de la misma intensidad del cielo, y el pelaje
de un color acaramelado. El machito era diferente, era de un brilloso pelaje
negro azabache, y tenía los ojos marrones, como un par de castañas.

La Gata se las
arreglaba para poder atender las demandas alimenticias de sus crías, que según
crecían se volvían cada vez más y más voraces. La pobre estaba en los
huesos, con un cansancio a cuestas que apenas le permitía alimentarse;
afortunadamente, contaba con la ayuda de su amigo el Guarén de Cola Pelada,
que la socorría cuando ya era demasiado el apremio. Era una curiosa amistad,
de esas casi imposibles, pero entre ellos existía un cariño a prueba de
cualquier cosa y de cualquier intriga. El paso del tiempo fue implacable, como
lo fue la muerte que se llevó a la Gata un día que los gatitos salieron con
tío Guarén a observar las estrellas.


—Esa es la
Gata Mayor, esa otra la Gata Menor, por allá está la constelación del Ratón
Orión— les decía tío Guarén a sus asombrados sobrinos: sin lugar a dudas,
era un gran conocedor de la Astronomía. En eso estaban cuando advirtió que
cruzaba el cielo, rauda y liviana como una expiración, una pequeñita
estrella fugaz: el Guarén de Cola Pelada supo inmediatamente que la vida de
su amiga Gata había concluido.
Dejando la Astronomía de lado, comenzó a instruir a los chicos en los
misterios de la vida... y de la muerte. A decir verdad, fue un regalo
que quiso hacerle a su difunta amiga: asumir la responsabilidad de
preparar a sus sobrinos para hacer frente a la desgracia que se les
dejó
caer.

Ya consolados los pequeños, y después de organizar un pequeño funeral junto
a don Guarén, comenzaron a tomar en serio la vida: ya no estaba Mami que se
las solucionaba por completo, ahora ellos deberían empezar a crecer. Pero, ¿cómo?
¿Cómo se crecía?
Indispensable fue don Guarén en éste tránsito: se propuso que los gatitos
debían tener lo mejor, sabía que la madre desde algún lado lo miraba, y lo
asumió como un deber, en honor al cariño que existió entre ambos.
A la mañana
siguiente, bajó con los mininos hasta la acera, los alineó de mayor a menor,
y procedió a lamerlos: cosa que no le hizo mucha gracia, porque no estaba
acostumbrado a esos menesteres y se atoraba constantemente con los pelos; se
atoraba y escupía, pero los dejó como se propuso: ¡Brillantísimos!
Les dijo que
jugarían a un nuevo juego: se trataba que él los dejaría en un lugar, y que
ellos deberían contar todas las estrellas del cielo, y ahí recién salir a
buscarlo. Partió con los chicos a la cola.
A la gatita mayor la dejó en la puerta de la carnicería. El carnicero no
pudo negarle la entrada al mirar esos ojos color del cielo y ese pelaje de
caramelo, más aún cuando vio a un gran Guarén de Cola Pelada pasearse entre
los mesones.
A la chica
menor la dejó sobre el alféizar de la ventana de una casa de citas: sabía
que la dueña gustaba de los animales; y efectivamente, al ver a esa
preciosura, la cogió entre sus brazos y acunándola entre sus generosos
pechos, la llamó Mimí.
Al chico, al
único varoncito, lo fue a dejar a la casa del artista, un hombrecito
esmirriado y tímido, un tanto ermitaño. Don Guarén lo había acompañado
durante esas noches de vigilia en las que escribía versos para sobrevivir. El
hombre nunca le tuvo miedo ni repulsión; todo lo contrario, le confiaba sus
secretos y sus aspiraciones y le brindaba trocitos de queso. Sólo eso le bastó
para considerarlo un humano bueno, y con toda confianza le presentó al chico.
Al hombre, que era un romántico empedernido, le pareció una romántica idea
el criar a un minino desvalido.
Don Guarén se
dio por satisfecho: había cumplido.
Ya
nada más le quedó sentarse en la canaleta durante las noches, y contar las
estrellas.

Biografía
de la autora